El Che que yo conozco.

Por: Julio Alejandro Gómez Pereda / Palabras entre el café

El Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz habla del Che. 

Después de leer todo lo que me había caído en las manos, decidí salir a buscar algo que de verdad me interesara, lo primero que leí, fue el Diario del Che en Bolivia, me lo regaló mi maestra de Historia de Cuba, con una dedicatoria especial, en la que entre otras cosas apuntaba: “para que cada día trates de parecerte más a él”.

Cuando lo conocí, ya había dicho muchas veces que quería ser como él, ya había leído en los libros de historia sobre sus proezas militares y su intachable conducta política y moral; sobre su fidelidad; su amor por Cuba; su conocimiento profundo del Comunismo; su amistad con Camilo Cienfuegos y Raúl Castro, y su devoción por Fidel.

Cuando lo conocí ya estaba seguro de que era un ejemplo a seguir, pero al descubrir su poesía, su intelectualidad, su manera de mirar a los hombres, su sensibilidad, cuando descubrí que le gustaba el mate y el café bien amargo, cuando entendí por qué fumaba tabaco, cuando escuché que un día tuvo que pedir disculpas, que le gustaba jugar con su perro en la casa de la Habana, que amaba a sus hijos y por ellos luchaba, cuando comprendí que era de carne y huesos, que era puro de la forma más humana posible, cuando entendí que sintió miedo, que fue valiente por el amor a las causas que defendía, que estuvo en África, que su último pensamiento sería para mi pueblo y para Fidel, cuando lo escuché recitar los Heraldos Negros, antes de marchar a la selva Boliviana, en ese momento entendí que quería parecerme a él, que no solo estaba seguro que era un ejemplo, sino que era mi ejemplo para toda la vida.

Cuando conocí al Che, entendí lo grande de ser Revolucionario, mi papá cobró una dimensión nueva porque descubrí que se parecía mucho a él. Cuando conocí al Che, supe por mí que Fidel es inmortal y único, que el trabajo ennoblece y une, que la familia no es solo la que está bajo el techo de la casa.

Cuando conocí al Che, mi mamá se elevó ante mis ojos, porque siempre comprendió y apoyó que yo repitiera que: quería sentir bajo mis talones es costillar de Rocinante, me pintó la cara en más de una ocasión con barba negra poco tupida y me colocó una estrellita blanca en mi boina negra.

Cuando conocí al Che, ya no tuve dudas de hacia dónde debía llevar mi vida… entendí que al enemigo solo se le puede mirar de pie, porque sino parece muy grande, y que para ser Revolucionario debería estar movido por un gran sentimiento de amor.

Con él aprendí que al imperialismo “pero ni tantico así…. nada” y que los Jóvenes Comunistas debemos ser vanguardia.

Por todo esto lo felicito hoy, porque el Che no ha muerto, vive en muchos de nosotros y yo lo siento tan presente, que puedo verlo encender un tabaco, tomar un buche de café y sonreír irónico, a punto de espetarme que no sea guataca hablando tanto de él, para salir muerto de risa por mi cara luego de su comentario.

Hasta Siempre Comandante.

 

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